jueves, 11 de agosto de 2016

Sobre "Todas las cosas que me dijo Dios por walkie talkie" de Andrés Bazzano


 El inmejorable comienzo de Todas las cosas que me dijo Dios por walkie talkie (Walkie Talkie Ediciones, 2015) de Andrés Bazzano nos presenta una divinidad sugerente por su particularidad. Si bien es exhortativo su repetitivo “deja”, este se parece más a una no intervención, una especie de laissez faire (dejar hacer) donde la inacción (disfrazada de pasividad) guarda fuertes vínculos con el concepto de devenir en tanto flujo dinámico, continuo acaecer inevitable.

Deja que el silencio se muerda solo,
que los árboles de prendan fuego
y los elefantes se vuelvan locos.

 Debo a Camilo Baráibar el hallazgo de una llamativa influencia -tal vez inconsciente- que opera en el inicio del texto de Bazzano: la del poeta sanducero Humberto Megget. Imposible no recordar su “Dile a las nueces que se partan solas”, texto de llamativa hondura y sorprendentes quiebres en lo temático-estilístico.

 El Dios de Bazzano es un Dios que suelta las amarras. Hay en su voz un desentenderse, tal vez indiferencia o aceptación, pero en tono solemne y en alguna medida profético. O tal vez se trata de lo que nos llega de su voz a través de ese transmisor-receptor portátil conocido por sus sonoras interferencias. El Dios de Bazzano, se parece a una divinidad distraída, pasible de no ver, capaz de ignorar un hecho cruel ocurrido durante un instante fortuito de ceguera:

Despedaza al gato negro,
despedázalo,

que la luz entró de golpe
y dios se nos veló

 Los seres se cuidan de no alterarlo, no por temor ni miedo sino por falta de necesidad. El Dios de Bazzano no trae las respuestas, apenas el mensaje que es un dejar hacer.

No llores que el eco perturbará a Dios

El poeta apela a la tradicional dicotomía de lo apolíneo-dionisíaco, su forma de acercarse a este pedazo de la tradición se asemeja a la visión de Herman Hesse, es decir, entendiendo ese ir y venir existente entre los “dos polos”:

Me dormí atado al mástil y con el walkman puesto,
y aunque hago el intento, aunque me esfuerzo,
sueño con sirenas.

Nada es suficiente. Es imposible mantenerse en una de las orillas. La tensión es inevitable como parte de la vida, lucha y dolor. He aquí la aceptación: comprender el trayecto entre las dos puntas.

El poemario de Bazzano explota una artillería de elementos recurrentes vinculados al agua, los animales, la naturaleza toda. La intertextualidad con la leyenda bíblica del profeta Jonás es elocuente.

Los últimos poemas se tornan aforísticos, sentenciosos y profundos. En algunos versos se presiente la aniquilación, pero también el ulterior amanecer por más que una de las tantas voces de la obra lo niegue rotundamente

Todos los ahogados volvieron a flotar
(Domingo sin resurrección)

La intuición del tiempo último se encuentra matizada por una mirada un tanto desafiante que recuerda, en cierta medida, a algunos momentos memorables de la poesía de Teillier, cuando el poeta chileno -habituado a poetizar este tipo de escenas- expresa “caminaré sin prisa por las calles/
invadidas de malezas/ mirando los palomares/que se vienen abajo” (“Cuando todos se vayan”).

 En esa misma línea, Bazzano nos deja un muestra de su virtuosismo poético en un breve poema que, en mi modesta opinión, alcanza uno de los momentos cumbre de su poemario

Cuando los edificios despierten y empiecen a pelear entre sí,
voy a estar con mi paraguas, entre los escombros,

buscándote.

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martes, 2 de agosto de 2016

Sobre el despliegue de Orientación Poesía

  



  Dudo que exista -al día de hoy- un profesor de literatura montevideano que no se haya preguntando en algún momento qué es Orientación Poesía. Por razones obvias nuestro centro de acción es Montevideo; aquí vivimos y trabajamos los integrantes del proyecto, y como el mismo se realiza exclusivamente “a pulmón”, es decir, sin apoyo del Estado ni de ninguna institución privada, las posibilidades de movimiento, de expansión hacia el resto de nuestro querido territorio quedan sujetas a nuestros propios esfuerzos y motivaciones. Sin duda que hay excepciones: en el año 2015 la profesora rochense, Gisella Aramburu, hizo un gran esfuerzo junto a las autoridades de los liceos de Rocha y La Paloma para que Orientación Poesía se presentara en ambas instituciones, durante dos jornadas memorables.
  Volviendo a lo planteado en el inicio, los medios de difusión de nuestro proyecto se reducen al “boca a boca” (profesores y alumnos que participaron de alguna experiencia y lo comparten con otros, compañeros del ambiente literario que confían en nosotros y se juegan la boca recomendando lo que hacemos), y al buen uso de la red social facebook donde, casi diariamente, compartimos los diversos eventos que se avecinan, las imágenes que atestiguan nuestras experiencias más recientes, y todo lo relativo a los poetas que componen nuestra antología online de poesía ultra joven uruguaya “En el camino de los perros”. La promoción vía prensa ha sido escasa; aprovecho aquí para saludar el interés de Alejandro Gortázar, Paula Simonetti y Martín Barea Mattos, que, desde su lugar, aportaron interesantes artículos de difusión, y también la breve mención de la revista “[sic)” de la Asociación de Profesores de Literatura del Uruguay en su número dedicado a la literatura uruguaya joven.
  Viéndolo de esta forma creo necesario marcar el mérito de Orientación Poesía. La importancia de su indudable despliegue y crecimiento. El proyecto que tuvo su inicio en una charla entre tres amigos (Santiago Pereira, Hoski y quien escribe estas líneas), lleva cuatro años de sostenida labor, con Paola Scagliotti realizando un infatigable trabajo en lo relativo al registro fotográfico y con la incoporación -lujosa y reciente- de la poeta Regina Ramos para cooperar en todos los asuntos vinculados a En el camino de los perros, esa antología impensada que pusimos en marcha a inicios de año pasado y que hoy explota de poetas y poesía.
  Liceos de Toledo, Salinas, el liceo N°2 “Héctor Miranda”, el Instituto María Auxiliadora, el Colegio Erik Erikson; fueron algunas de la instituciones que visitamos en los últimos tres meses. La agenda de aquí a fin de año seguirá nutrida. A esto debemos agregarle las presentaciones en el Verde Bar, del ciclo En el camino de los perros, que se realizan los primeros miércoles de cada mes.
  Orientación Poesía se expande, funciona, aporta lo suyo -humildemente- en el universo de lo educativo donde, dicho sea de paso, ningún aporte puede catalogarse de excesivo.


Miguel Avero – Agosto, 2016






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jueves, 28 de julio de 2016

Escena del abrazo




 Me detengo en cierta escena de la película Detachment (“El profesor” en su traducción para el público latino), film del año 2011 dirigido por Tony Kaye y protagonizado por Adrien Brody. Para los que no vieron la película -y sin caer en el spoiler-, el profesor Henry Barthes realiza una suplencia en una escuela de contexto crítico donde predomina la violencia y el desamparo. Estas cuestiones golpean profundamente en todos los actores de la institución educativa dejando en evidencia una crisis que va mucho más allá de los muros institucionales. Me detengo en cierta escena, les decía: allí Barthes es observado por una colega mientras abraza a una muy deprimida alumna. Luego de esto: el caos.


 Según Erich Fromm, la unión física significa superar la separatidad. Luego de definir brevemente diferentes tipos de amor, Fromm -refiriéndose al amor erótico- afirma que “la intimidad se establece principalmente a través del contacto sexual.” El autor de Arte de amar agrega que también existen otras formas de superar la separatidad, por ejemplo: “hablar de la propia vida, de las esperanzas y angustias, mostrar los propios aspectos infantiles”.
Podemos apreciar que existe una separatidad necesaria en el vínculo alumno-profesor, separatidad que se ve superada tenuemente y de forma procesual en el film en cuestión, cuando la estudiante Meredith parece encontrar refugio y comprensión en la figura del profesor Barthes. Meredith figura adolescente potencialmente depresiva, percibe en su docente un punto de apoyo capaz de prestar oídos a su problemática vital, un ser presente que escucha, observa y responde sin indicios de subestimación ni prejuzgamiento.
En el vínculo Barthes – Meredith, hay diversos atravesamientos que complejizan la situación. En primer lugar estamos hablando de una relación de instancia educativa: el profesor (autoridad responsable) que da clases a su alumna (juventud vulnerable). Por otra parte está la cuestión hombre-mujer, cuestión de género.. Cabe preguntarse si el abrazo hubiese tenido las mismas consecuencias en el caso de ser otorgado por una profesora mujer a su alumna necesitada de cariño. Los prejuicios sociales parecen tomar una forma relevante en esta instancia del problema, el hombre que abraza a la niña no es bien visto por el resto de los actores sociales, el profesor que abraza a la alumna mucho menos; el abrazo parecería entrañar connotaciones oscuras, peligrosas, de dudosa procedencia que conviene eludir, evitar, si es esperable la armonía. La conducta de Barthes a lo largo de la obra ha sido intachable, su fortaleza para afrontar cada situación se ve expresada en la rectitud con que maneja sus diversos vinculos: su buen samaritanismo con la prostituta, su piedad filial en la relación con su senil abuelo, la búsqueda del entendimiento a través del diálogo con sus alumnos. Como una especie de catalizador del caos exterior, Barthes, decide hacer su procesión por dentro, pero con las limitaciones humanas que lo hacen verosímil, creíble. Por eso estalla cuando observa negligencia de las enfermeras con su abuelo y, fundamentalmente, cuando su colega insinúa -tras el abrazo de Meredith- una instancia de acoso sexual del profesor hacia su alumna.
El abrazo, desde la óptica de la profesora Sarah supone un conflicto de magnitud, ya que, desde la confusión creada por la distancia del hecho, historia de los protagonistas del mismo, y condicionantes relativas al papel social asignado, significa una excesiva superación de la razonable separatidad. El caos como presencia que sobrevuela los escenarios de la obra, se instala dejando fisuras trascendentales de difícil reparación.






martes, 10 de mayo de 2016

Sobre hundir las manos y desbloquear...


 Una conversación con Marcel Machado Farias, escritor y compañero de Instituto, me hizo reflexionar sobre cierto aparente bloqueo creativo iniciado unas semanas antes. Luego de la escritura de algunas modificaciones -acertadas a mi criterio- a Cantilena, con motivo del Mundial Poético, caí en una zona gris, tediosa, carente de armonía de la que no pude rescatar una sola idea. Le mencionaba a mi interlocutor que, en algunas ocasiones, la lectura de algunos fragmentos de Free Play -la obra sobre improvisación en el arte del músico y escritor Stephen Nachmanovitch- había sido de gran ayuda. 
 Una vez terminada la charla volví a mis quehaceres hogareños pensando en encontrar algún huequito de tiempo para tomar brevemente ese libro y esperar que ocurra la maravilla. Subí las escaleras que conducen a mi pieza esquivando, previamente, un balde que se encontraba en el patio de los perros y entré a mi desordenado atalaya de insomnios y escrituras. Empecé a ordenar la cama, hundí las manos en el entramado revuelto de sábanas y frazadas y, en ese preciso instante, una imagen se plasmó en mi mente: mis manos hundiéndose en un balde lleno de agua. Sin duda, en ese momento, se desarmó algún tipo de nudo interno. No hablo de la tan trillada inspiración, ni de un destello de iluminaciones ni nada por el estilo. Me refiero a un trabajar libremente, a un apartamiento de preocupaciones, un lanzamiento creativo, un concentrado manifestarse pero sin la pesadez y la rigidez de los días previos. No sé qué mecanismos fueron puestos en marcha pero, las palabras que siguen, fueron su resultado:


Hundí las manos:
fui tocado,
era inmenso probar la inmersión;
cuerpo hasta las muñecas,
lo demás
era
lo demás,
era todo era real;
ser,
ser mundo con el mundo.
Recordar,
allí,
fue sobrar:
retiré las manos y volví,
fui yo nuevamente,
sentí dolor y ansiedad y egoísmo,
también sentí necesidad
de secar,
olvidar esa matriz
-cicatriz -
donde nada
                                todo.


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lunes, 25 de abril de 2016

Mundial Poético o el agua sale de nosotros mismos




 He estado trabajando en un nuevo texto cuya motivación me acompaña desde el último verano. Su nombre es “Cantilena” y dicho título responde a las viejas cantilenas medievales de Francia. Soldados que escriben de una batalla en la que continúan inmersos, especie de crónicas del instante que, como suele ocurrir, atravesaron lo profundo del tiempo y llegan -al menos sus ecos- cómodamente hasta nuestros días.

 Cuando -hace poco más de un mes- Martín Barea Mattos me invitó al Mundial Poético de Montevideo que se desarrolló la semana pasada en varios puntos de la ciudad, lo primero que pensé fue que no tenía nada para leer allí. No quería leer los viejísimos textos de Arca de aserrín, tampoco los inéditos de La pieza que considero más propicios para una lectura en silencio, ojo con hoja y cabeza reflexiva. Por otra parte, prefería dejar los textos que componen Que nadie pregunte por ti para las presentaciones de dicha obra que se sucederán en breve en la ciudad de Rocha. 

 En definitiva la cuestión era: a) hacer un rejunte de poemas sueltos; b) escribir algo específico para el Mundial a pesar del poquísimo tiempo; c), -y esto es lo que hice finalmente –  depurar la masa amorfa de “Cantilena” y adaptarla a los requisitos del evento en cuestión.


 Con un texto casi tan nuevo para mí como para los circunstanciales oyentes, me dirigí bajo la lluvia al Centro Cultural de España no sin antes escribir una breve introducción y un -aún más breve- epílogo que le diera marco a lo central del poema. 

 No puedo saber cuál fue el resultado, no puedo medirlo. El Mundial poético fue todo disfrute. El honor de participar de ese magnánimo evento, junto a poetas excepcionales y admirables, apagó preocupaciones y nerviosismos. Todas las respuestas existían antes de las preguntas, la Cantilena sonaba previo a escribirse y, casi sin correcciones, se recitaba:



mi voz sigue repicando en sus oídos
su interpretación me sobrevive, me da vida como el sueño de la
muerte
no saben nada de mí, yo no sé nada de ustedes
las multitudes son fantasmas mojados por la lluvia
pero el agua,
el agua, el agua, el agua, el agua, el agua, el agua,
el agua sale
de nosotros mismos.





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lunes, 14 de marzo de 2016

Prólogo de la antología poética "Poet-tree 2015" (Canadá)

Prólogo

Álvaro de Campos, uno de los emblemáticos heterónimos de Fernando Pessoa, escribió alguna vez que el único prefacio necesario a una obra es el cerebro del lector. También Borges -que no se cansó de prologar textos- dijo que un libro debe bastarse, y que el prólogo era “una convención editorial”.
En lo que respecta a mi experiencia como lector, debo admitir que siempre sentí provechosos los prólogos de las antologías. Prologar una antología es, en alguna medida, dar un ordenamiento, iluminar brevemente los caminos que se presentan, vislumbrar al menos el objetivo de esa selección, de ese recorte.
Si escribir es solucionar problemas, la tarea en la que me embarco -escribir este prólogo- conlleva no pocas dificultades con las que lidiar, pero también conlleva el regocijo, el placer inenarrable de enfrentarse a tantas voces distintas, una estruendosa variable de poéticas.
Es que aquí confluyen, en tres capítulos -”Poetas de las contemporaneidad”, “Las voces de la juventud”, y “Voces de memoria”- los poemas de una treintena de autores de catorce nacionalidades diferentes.
Siguiendo la premisa motivacional que titula la obra “The poetry of sports and the sport of poetry”, podemos empezar por distinguir -al menos- dos líneas bien definidas: una que tiene que ver con el ejercicio poético y otra que marcha ligada a lo poético del ejercicio, del deporte. No es mi intención ahondar en busca de marcas estéticas, ni grandes señales de ruptura; sería poco serio teniendo en cuenta que lo aquí veremos es una pequeña muestra de cada poeta, un pelo en la cabellera de su obra, por otra parte, no sería relevante para la antología en cuestión.
Hacer poesía del deporte es una tarea de enorme complejidad, son como dos polos que se repelen. Los poetas aquí antologados han demostrado una gran capacidad para superar esta cuestión; es así como Didier Castro nos habla de mirar un partido de fútbol por televisión, pero en realidad, lo que vemos, es el aplastamiento de un hombre consumido por el tedio, por la resignación sostenida del aburrimiento y la alegría superficial de un victoria que se olvidará mañana. O el subi-baja de emociones que nos presenta Cantero Verni en un partido de revanchas imposibles, que se terminan dando. Andrés Bazzano nos acerca la luna en la figura de un nadador eterno y solitario. Y Álvaro Figueredo golpea con la raqueta de tennis a varios de sus “yo”. He aquí las conexiones, el ingenio de los poetas para abordar la tarea creativa, a veces rozando la temática deportiva o utilizándola como excusa para tocar otros asuntos.
En cuanto al ejercicio poético, creo que hay una infinidad de variantes. La presencia de la naturaleza es uno de los elementos comunes del colectivo. De la armonía del texto de Martín Cerisola se desprende uno de los versos más disfrutables del conjunto: “como un amanecer en la escritura de alguien”, verso que me conduce a otro, esta vez de Leonardo Lesci, donde se expresa que “los atardeceres cuelgan en mí”. El dominicano Néstor Rodríguez continúa en esta línea: “el arce que se deshoja/ frente a mí en esta ciudad/ es el testador de mil historias”.
Por otro lado también se apela al recuerdo, a la memoria y a la pérdida. María Figueredo nos habla del pasado como un agujero que se traga la luz “si no recuperamos algo”; Andrea Durlacher realiza una especie de anti-elogio de la experiencia dislocando magistralmente el enfoque tradicional; y el salvadoreño David Hernández resume en un verso la magnitud del exilio: “la distancia me hizo ciudadano de la nostalgia”.
El cuerpo. “Oda a la gordura”, trabaja la idea del deporte pero por oposición y con un tono paródico que lo distingue del resto de los poemas antologados. “HD” de Santiago Pereira es una maravillosa antítesis que concentra en una llamativa brevedad la exaltación de la imagen con la reflexión profunda. Irene Marques toca el tema de la identidad, de las transformaciones y las máscaras, ese fundirse y/o confundirse con el mundo.

Hay un detalle para nada menor en la obra, y tiene que ver con la incorporación de cuatro poetas jóvenes. Dos estudiantes de la Universidad de York, Canadá, Karolina Bednarek y Susel Muñoz; uno de liceo, Sebastián V,L; y otro de primaria, Yuri Albano. En sus textos la naturaleza juega un rol trascendental, también la idea de los cambios y las transformaciones que son consecuencia del pasaje del tiempo. Las emociones, lo identitario y la necesidad de acceder al conocimiento de uno mismo son otras de las vertientes trabajadas.

Como han podido apreciar en este breve e incompleto repaso, hay mucho donde detenerse, mucho por donde explorar. Esta gruesa antología que tienen ante ustedes les dará la oportunidad de remarcar lo dicho, o de refutarme. Tengo la plena convicción de que estamos ante un conjunto de textos que valen la pena. Espero que ustedes, lectores, al cerrar el libro, puedan encontrarse con eso que menciona Hoski en su poema “No basta” y que es como una especie de legado de los héroes:

“una genialidad
una palabra justa”.





Miguel Avero – julio de 2015






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viernes, 18 de diciembre de 2015

Texto elaborado por Mathías Iguiniz para la presentación de "Micaela Moon"


Legiones de seres buscan subsanar la realidad:
presentación de Micaela Moon (Miguel Avero)

I
Yo leí por primera vez Micaela Moon hace algún tiempo, por azar. Primera impresión: me pareció que estaba escrito con la sensibilidad a flor de piel, con la madurez del escritor, sí, pero también con el sentir latente. Segundo aspecto: se trataba de un libro escrito en prosa con una pulsión poética.

II
Mensaje de Facebook:

Leí el libro hace bastante y me puede fallar la memoria si intento referirme a pasajes o momentos concretos del argumento. De todas formas, me parece que siempre está bueno darle una devolución al autor ―siempre que se pueda, porque en muchos casos ya pertenece al inframundo.
Circunstancias por las que llega el libro a mis manos: fui a visitar a Matías a su casa se había mudado hacía unos días―, un viejo amigo del villorrio. Arriba de una mesita de luz estaba Micaela Moon, le pregunté de qué venía y me dijo que lo había escrito un compañero de clase. Automáticamente me lo traje y lo leí esa misma noche, de un solo envión.
Me pareció un acierto que en ningún trayecto de la novela apareciera esa tal Micaela (no aparece, no?). Es como una presencia fantasmática que pone en movimiento las fantasías del protagonista, existe en un universo que es virtual o que pertenece al éter. Un interruptor que activa la historia. La interacción a través de una pantalla. Los silencios. No se trata de un intercambio de tipo epistolar, donde las personas saben que, en algún punto indeterminado del mapa, un otro toma la pluma y escribe. Los códigos del “chateo” son distintos, el interlocutor está del otro lado, siempre un poco más allá, se ausenta o desaparece de forma irrevocable. Micaela nunca responde, nunca habla.
Otro punto que recuerdo al leerla: la prosa poética. Hay una imagen donde el protagonista ve su casa desde afuera, llueve y, ahí, compara el lugar donde habita con un inmenso gato negro o algo así.1 Me gustó mucho esa imagen. Así hay un montón.
La seguimos en cualquier momento, porque da para más. Salú! Mathías

III

Al leer Micaela Moon por segunda vez ―y un poco con la excusa de esta presentación― recordé, no sé muy bien a ciencia cierta por qué razón, una película uruguaya que vi hace un par de años. Gigante (2009) trata de un guardia de seguridad que trabaja en el turno de la noche en un hipermercado, y que se enamora de Julia, una de las trabajadoras del servicio de limpieza. En largas noches, contempla su figura a través del dispositivo de la cámara, juega con el zoom, acercándose y alejándose de ella. Hay una pregunta primaria: ¿por qué carajo el protagonista no abandona su pequeña pieza de monitoreo y va en busca de su amada, hasta el momento no mucho más que un puñado de encuadres y enfoques? ¿A razón de qué no cruzar ese umbral que conecta con el mundo, digamos, “real”? Allí donde se fractura el juego infinito, óptico, de las asimetrías y los signos. La película se sostiene sobre esa imposibilidad y esa tensión.

La novela que nos convoca trata de un joven solitario que comienza a obsesionarse con su escritora favorita (“Lo que hay ahora es una sola cosa, un solo objetivo, una sola razón: Micaela Moon”), a la que conoce a través de una red social, puente y abismo del meollo. Puente porque le permite al protagonista seguir sus movimientos y “estados”, husmear sus fotografías, su información personal. Abismo porque es este medio el que abre y sostiene el propio espejismo del encuentro.

No obstante, la historia articula un giro inesperado: se confirma la participación de la escritora en una lectura poética en Montevideo. La asimetría amenaza con romperse. Cuando parece que vamos asistir al esperado encuentro…. Digamos, para no contar demasiado, que Avero termina su novela allí donde cualquier otro la comenzaría. La figura de Micaela, su abstracción virtual, incorpora otras implicancias: escenifica las proyecciones y el acoso de las fantasías del Yo, el cruce inenarrable donde el signo deviene referente. De alguna forma, Micaela, sin hacer absolutamente nada, sin responder nunca un mensaje por privado, sin interactuar en ningún sentido con su admirador secreto, constituye el eje que sostiene todo. Es ese punto ciego, inasible, de su imagen el motor de la novela. El lado enigmático, ambivalente del relato.

IV

Al leer Micaela Moon no puedo evitar la relación con algunos pasajes de Hacia Ítaca, de Hoski. El cruce estaría justificado, en principio, por la relativa proximidad en el tiempo de sus publicaciones, por algunas temáticas y modos de sentir al parecer compartidas. En los dos casos, la experiencia cotidiana, vital, de los protagonistas está traspasada por la abstracción de lo virtual, los “otros” no tienen profundidad ni volumen, son íconos sin un referente extralingüístico. Se trata de personajes-usuarios que se relacionan a lo largo del texto mediante las redes sociales (o el Messenger para el caso de la novela de Hoski). Cuerpos inmóviles y, al mismo tiempo, en plena actividad, sometidos a diversos estímulos, que, salvando algunas irrupciones de la “realidad exterior”, se sitúan frente a una computadora y envían señales electromagnéticas al éter o, sencillamente, pierden su tiempo.

Deambulando de un perfil a otro, saltando de vida en vida en busca de nuevos seres con quienes interactuar y llenar el vacío silencioso de mis noches” (Micaela Moon)

Tenía que hablar con algún ser humano, tenía que conectar mi soledad a alguna otra de la red (…)” (Hacia Ítaca)

No obstante, las diferencias entre ambas novelas son sustanciales. De un lado, en Micaela Moon, el ciberespacio es una forma de adoración monológica, quizá un poco neurótica, de seguir y perseguir a la “amada” (Zizek diría que se trata de una “pérdida de realidad”, pues “la realidad virtual socava la diferencia entre realidad ‘verdadera´ y apariencia”); del otro, en Hacia Ítaca, el protagonista, encerrado en la cabina de un cyber, se entrega al viaje de lo ilusorio, asume el juego de las apariencias, las múltiples máscaras del Yo disgregado en infinitas “ventanas”. La siguiente expresión ilumina un poco lo dicho: “Atrás de la computadora soy Dios (…)”.

Sin embargo, ninguna de las dos novelas se pierde irreversiblemente en el laberinto de la virtualidad, en su automatismo hedónico, para ambas existe un espacio de lo simbólico. Ítaca, quizá. Una forma de anclar la realidad a un significado: la propia novela.

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1 Al releer me doy cuenta de que me falló la memoria. El pasaje al que me refiero es el siguiente: “Mis pies se adelantan en la alfombra de asfalto que conduce a mi guarida, alcanzo a ver el portón de madera, los arbustos empapados, el cielo gris como un inmenso gato sobre los tejados.” (la cursiva es mía).


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