jueves, 11 de agosto de 2016

Sobre "Todas las cosas que me dijo Dios por walkie talkie" de Andrés Bazzano


 El inmejorable comienzo de Todas las cosas que me dijo Dios por walkie talkie (Walkie Talkie Ediciones, 2015) de Andrés Bazzano nos presenta una divinidad sugerente por su particularidad. Si bien es exhortativo su repetitivo “deja”, este se parece más a una no intervención, una especie de laissez faire (dejar hacer) donde la inacción (disfrazada de pasividad) guarda fuertes vínculos con el concepto de devenir en tanto flujo dinámico, continuo acaecer inevitable.

Deja que el silencio se muerda solo,
que los árboles de prendan fuego
y los elefantes se vuelvan locos.

 Debo a Camilo Baráibar el hallazgo de una llamativa influencia -tal vez inconsciente- que opera en el inicio del texto de Bazzano: la del poeta sanducero Humberto Megget. Imposible no recordar su “Dile a las nueces que se partan solas”, texto de llamativa hondura y sorprendentes quiebres en lo temático-estilístico.

 El Dios de Bazzano es un Dios que suelta las amarras. Hay en su voz un desentenderse, tal vez indiferencia o aceptación, pero en tono solemne y en alguna medida profético. O tal vez se trata de lo que nos llega de su voz a través de ese transmisor-receptor portátil conocido por sus sonoras interferencias. El Dios de Bazzano, se parece a una divinidad distraída, pasible de no ver, capaz de ignorar un hecho cruel ocurrido durante un instante fortuito de ceguera:

Despedaza al gato negro,
despedázalo,

que la luz entró de golpe
y dios se nos veló

 Los seres se cuidan de no alterarlo, no por temor ni miedo sino por falta de necesidad. El Dios de Bazzano no trae las respuestas, apenas el mensaje que es un dejar hacer.

No llores que el eco perturbará a Dios

El poeta apela a la tradicional dicotomía de lo apolíneo-dionisíaco, su forma de acercarse a este pedazo de la tradición se asemeja a la visión de Herman Hesse, es decir, entendiendo ese ir y venir existente entre los “dos polos”:

Me dormí atado al mástil y con el walkman puesto,
y aunque hago el intento, aunque me esfuerzo,
sueño con sirenas.

Nada es suficiente. Es imposible mantenerse en una de las orillas. La tensión es inevitable como parte de la vida, lucha y dolor. He aquí la aceptación: comprender el trayecto entre las dos puntas.

El poemario de Bazzano explota una artillería de elementos recurrentes vinculados al agua, los animales, la naturaleza toda. La intertextualidad con la leyenda bíblica del profeta Jonás es elocuente.

Los últimos poemas se tornan aforísticos, sentenciosos y profundos. En algunos versos se presiente la aniquilación, pero también el ulterior amanecer por más que una de las tantas voces de la obra lo niegue rotundamente

Todos los ahogados volvieron a flotar
(Domingo sin resurrección)

La intuición del tiempo último se encuentra matizada por una mirada un tanto desafiante que recuerda, en cierta medida, a algunos momentos memorables de la poesía de Teillier, cuando el poeta chileno -habituado a poetizar este tipo de escenas- expresa “caminaré sin prisa por las calles/
invadidas de malezas/ mirando los palomares/que se vienen abajo” (“Cuando todos se vayan”).

 En esa misma línea, Bazzano nos deja un muestra de su virtuosismo poético en un breve poema que, en mi modesta opinión, alcanza uno de los momentos cumbre de su poemario

Cuando los edificios despierten y empiecen a pelear entre sí,
voy a estar con mi paraguas, entre los escombros,

buscándote.

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