jueves, 8 de septiembre de 2016

Sobre "Fábula de un hombre desconsolado" de Javier Etchevarren


 En Fábula de un hombre desconsolado (Yaugurú, 2014), de Javier Etchevarren, encuentro tres grandes lineamientos que atraviesan la obra, se entreveran y nutren entre sí, y son apertura de otras ramificaciones sin dejar en ningún momento de ser patrón, o raíz de lo brotado en algún punto del trayecto.
 En primer lugar me refiero a la memoria. En el pasado se encuentra la raíz del desconsuelo presente, al menos tenemos la certeza de que debe ser allí el sitio donde fue colocada la primera piedra. En el inicio del poemario, el yo lírico no duda

No debí nacer.

 La asunción de ser un hijo no deseado es el punto de partida. La madre que no quiso serlo, será, sin embargo, un bastión de fortaleza, pero también espejo de la debilidad del niño, un poner en evidencia su frágil condición. Condición que lo persigue en la adultez; siempre es en presente la manifestación de la flaqueza

Me salvó su fortaleza.
Mi actual debilidad (poema II)

y luego

Yo ni siquiera puedo conmigo. (IV)

 La trascendencia del primer recuerdo tiene la peculiaridad de una coincidencia. Se trata de una despedida. Se trata del abandono del padre. La memoria deja asentado ese instante -tristemente célebre- en el primer lugar de la fila, tiñendo inevitablemente todo lo posterior. Esa cadena de remembranzas donde los vínculos familiares son protagonistas.

El primer recuerdo de mi vida.
El último recuerdo de mi padre.

 Pero también la memoria está sujeta a la necesidad. Será la desmemoria también una forma de salvación, un atenuante de la angustia. A veces el recuerdo se compone de la narración de otros, de alguna forma se desdibuja, o al menos no cuenta con la nitidez de lo propio, de lo que fue experimentado, vivido y no puede ser modificado.

Mis hermanos lo recuerdan:
mi padre intentó pegarle a mi madre.
Mi madre lo recuerda:
(...)
Yo no lo recuerdo.

 El recuerdo, a lo largo de la obra, deja al descubierto la carencia. Es este otro de los lineamientos planteados. El padre -en primer lugar- es ausencia o memoria triste. La escasez también está presente en la comida

Arroz blanco con queso
de almuerzo
y arroz blanco con queso
de cena.

 Y en la vestimenta que es, escasez compartida: la ropa va pasando de un hermano al otro como “una segunda piel”. Y hasta en el divertimento donde la inventiva del niño suplirá la ausencia de juguetes

En los dedos me pintaba caritas
de muñecos.

 Para ir cerrando esta incompleta impresión sobre esta completísima obra, debo referirme a un tercer lineamiento que creo oportuno señalar: el mismo tiene que ver con la relación niño-hombre. El hombre desconsolado busca las respuestas de su aflicción en el niño que alguna vez fue. Todo ha sido abandonado menos este recuerdo. La infancia ha sufrido una serie incontable de sismos, sus réplicas sacuden el paisaje del ahora. Es patente el deterioro,

Ilustra con palabras el fracaso
que enuncia su nombre.
(...)
Mantiene la sonrisa de su infancia
y la risa de su historia


pero es necesario conocer el camino. Este hombre es el resultado de tres agudos ingredientes: escombro, incendio y llanto. He aquí la importancia del aspecto restaurador del arte: escribe el hombre, dibuja el niño; un largo hilo se extiende entre ambos o quizás, la fantasía del alivio.

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